13 sept 2012

Los 10 aromas de Caracas

    Los buenos:


    Panadería: ¿Quién no ha pasado por una D’anubio, por ejemplo, y pensó en gastarse todo lo que tenía en un dulce recién horneado? En cada esquina caraqueña hay una de estas maravillas que te provocan inhalar el aroma a cachito y a lengua e’ suegra. Uno de mis olores favoritos.


   Tierra mojada: Sobre todo cuando Caracas está “en esos días”. Más bipolar que nunca. Nos regala 40 grados en la mañana y en la tarde un huracán. Después de eso queda este aroma que engancho de inmediato con mi infancia. Me hace sentir cierta nostalgia y por alguna razón, me provoca salir a jugar y no puedo. Un olor que suele impregnar el Ávila, el Parque del Este (sí, aún lo llamo así), La Estancia, y cualquier sitio con grama.

Comida: Unas fritangas, unas horneadas o a la plancha. Lo cierto es que los locales gastronómicos de nuestra ciudad nos regalan una variedad extensa de aromas: Desde restaurantes estilo La Castañuela, pasando por las ferias de los Centros Comerciales y terminando en los puesticos en plena calle –de perro calientes, hamburguesas, cachapas, maíz con mantequilla- TODOS nos dan hambre.


Gasolina: Depende de con quién hables. Para mí, entra en "los buenos".No podía faltar este perfume siendo un país petrolero. Para unos es desagradable y para otros –como yo- es un olor fascinante que hace de llenar el tanque del carro, casi una experiencia religiosa.


El tres en uno: Sudor, fruta y matas. Hablo del Ávila. Nada como bajar lo más majestuoso que tenemos, con agua de la montaña en nuestro termo, directo a comernos una tizana, con los zapatos llenos de tierra y una gotita de sudor por el cachete.


   Ahora, los malos:


Cloaca: Suele aparecer en nuestras pituitarias cuando estamos en un carro con nuestros amigos y todos volteamos buscando “quién fue”, hasta que algún genio recuerda que fue Caracas. Este aroma traspasa cualquier vidrio. Así sea de un auto blindado, créanme.

Orina: Este aroma suele venir acompañado con un personaje particular que pasea descalzo en el asfalto que es a la vez su casa, cocina y por supuesto… su baño.

 Humo: De lo que quieras: cigarrillo, carro accidentado, pero el más conocido: el de camionetica. Esta estela viene con un sonido aterrador de corneta que penetra el tímpano para hacerte brincar de susto mientras vas tranquilo por la acera. Viene también con un letrero que tras una buena capa protectora de polvo deja leer frases como “Tu envidia me fortalece”, “En honor a mi abuelo” o una genial –inventada por mi novio- “Trágate mi humo”.


   Basura: No hace falta caminar mucho para encontrarnos con esta fragancia. Viene acompañada de un chorrito que sale de una bolsa negra, que se asemeja a la mezcla de todos los colores que uno hace cuando es niño. Es decir, no sabes si es morado, verde oscuro o gris, pero ahí está, tomándole la mano a una esencia característica de nuestras esquinas.

Violín: Si no me crees, viaja en el metro.



¿Cuál es -para ti- el aroma de Caracas?


28 ago 2012

American dream - Por Kevin Schepmans



             Había dejado de contar. Le importaba poco si era lunes o jueves. Tomás Sánchez vivía días tumultuosos en Caracas, a finales de la década de los noventa.

Recién liberado tras perder 8 años de su vida en prisión, sentía que no se había perdido de nada, porque su situación era igual a la que vivía antes de caer bajo los barrotes. Sin dinero, con una familia que mantener, y un futuro incierto, le llevaron a tomar decisiones; decisiones que le darían un vuelco a su vida para bien o mal.

La travesía empezó en un avión que deja Venezuela con destino a la isla de Aruba, con escalas inciertas, pero con un destino en mente;  Estados Unidos de América. El primer mundo, donde se le abren las puertas a todos y donde todos tienen una segunda oportunidad, un futuro mejor.

Con pasaporte falso, porque tenía prohibición de salida del país, no podía tomar un avión directo a los E.E.U.U ya que no tenía visa de turista, entonces se embarca rumbo a Colombia, pasando por Centroamérica hasta llegar a México. En el D.F toma otro transporte que lo lleva hasta Hermosillo, ciudad capital del estado de Sonora, al norte del país, bordeada por uno de los desiertos más secos del mundo. Desde allí toma un autobús que lo traslada hasta un pequeño pueblo llamado Aguaprieta, cerca de la frontera, en donde empezaría la real aventura.

Debía encontrarse con un personaje recomendado por uno de sus amigos, de nombre, Ali, al que llamaban el chicano, que lo ayudaría a cruzar la frontera sin ser atrapado por la policía fronteriza americana.

Tomás, sin conocer a nadie a su llegada al pueblo, se percata de lo que este significa: El pueblo vive de la industria de migración ilegal. Son cientos de miles los que pasan por este pueblo buscando la ayuda de los guías que facilitarían el cruce de la frontera, mejor conocidos como los “cachalotes” para buscar una mejor vida.

Gente de todas las procedencias de México se encuentran amontonadas en los paupérrimos hoteles del pueblo, la mayoría duerme en las escaleras, y Tomás intenta buscar al chicano en el primer hotel que ve, cuando justo al entrar es apuntado por hombres armados.

Se extrañan al preguntarle sobre su procedencia, ya que casi nunca un extranjero pasa por allí. Tomás ni se inmutó, porque tras vivir la realidad más cruda en Venezuela, esto más bien era como un largometraje de Hollywood.  Allí conoce a uno de los jefes de la industria, Chullín, y en poco tiempo de conversación, entablan una buena relación que a la postre lo ayudaría… y mucho.

                El hombre mexicano, a pesar de todo, era un hombre de valores. Infundía respeto. Tomás lo observó en el resplandor de sus ojos y sabía que, sin conocerlo, debía confiar en él. Este personaje se encarga de alojarlo en su hogar, y a los pocos días, conecta a Tomás con un grupo relativamente reducido que cruzaría la frontera.

Parten de madrugada, y en camionetas con las luces apagadas ya que “desde el cielo nos ven” y tras un corto trayecto de cuarenta minutos, llegan al muro. Apenas cruzan, el grupo es interceptado por helicópteros y patrullas de policía. Tomás es detenido y llevado a la estación del servicio de patrulla fronteriza para ser registrado en la base de datos. Los gringos lo interrogan, le explican que él estaba violando leyes federales y deciden enviarlo de regreso por donde vino. Esa misma noche son devueltos a territorio mexicano y, a pesar de que los “gringos” los vigilaban, Tomás y los muchachos decidieron cruzar de nuevo, sin éxito.

El problema de la inmigración en los E.E.U.U es un tema complicado, porque son millones los indocumentados que, desde distintas visiones de análisis, mantienen la economía de este gran país rodando y, a su vez, le restan oportunidades de trabajo a los nativos. La política del país ha debatido sobre qué tipo de leyes se deben implementar y esto ha traído una polémica que esta lejos de terminar.

La perseverancia es un factor incalculable para alcanzar una meta. Tomás, habiendo nadado tan lejos, no iba a dejarse morir en la orilla y por tercera y última vez, cruza la barrera hacia un horizonte nuevo.

 Camina junto a los otros, alrededor de 100 kilómetros en la penumbra de la noche, por un desierto árido y hostil, evadiendo cualquier clase de peligros hasta llegar a Tucson, Arizona, donde su amigo Ali no sólo le esperaba, sino que también le esperaba una nueva oportunidad de redimirse con la vida, en un país que proyectaba una imagen. La imagen del sueno americano.


POR KEVIN SCHEPMANS. (@Kevin9208)

15 ago 2012

Todasana: Pescado y tostones.



Entre las curvas interminables se asoma una inmensidad azul que te deja sin aliento y te deja indeciso entre el miedo que provoca la altura de la carretera y las ganas de lanzarte de un chapuzón a la celeste fábrica de brisas.

Kioscos de madera, restaurants con 3 opciones de platos –todos de pescado- y el extinto “Museo de la verdad” de Luis Kafella, albergan entre ellos trozos de infancia que aunque son típicos en todos los pueblos de Venezuela, los encuentro realmente peculiares.

Los “aislados” pueblerinos me muestran sus niños morenos, en interiores, con la panza “pa’ fuera”, descalzos y sin miedo a caminar entre insectos -valentía que no yo no tengo- y con toda su diversión encharcada en un río y en un deporte comiquísimo: pescar cangrejos. Me sentí menos aislada que nunca.

“Yo ya no puedo volver a la ciudad”, nos dice el surfista encargado de nuestra posada que fue vomitado por San Antonio para dejarlo en este rincón de paz. Su cara siempre sonreída, barbuda, bronceada, cabello largo y aspecto descuidado pero no tanto, acompañado por el torso casi siempre desnudo (como los niños del río) me cuentan que aquí ni la ropa hace mucha falta. Más bien, sobra.

Pienso que yo también quisiera tener esa vida, pero que tal vez, necesitaría algo más que pescado para mantenerme feliz. Pescado y tostones por todas partes. No podría.

Después de unas cuantas olas y también unas caídas –que bastante gracia le causaron al surfista de la zona- nos retiramos pasando los puentes de colores y viendo de nuevo la misma carretera con vista al mar que, luego de 3 días, ya se sentía como nuestro patio.

El sol inclemente que vamos dejando atrás abre paso al clima lluvioso y deprimente de Caracas mientras las matas descuidadas tapaban el camino que –celosamente- quería seguir tendiendo para mí por unas horas más.

Ahí se quedan, aisladas, las barriguitas parasitadas, pidiendo peaje, disfrutando lo “poco” que Todasana tiene: mucha tierra, agua y viento. Más que suficiente.

Fabiola Ferrero

1 ago 2012

Yo también quiero un mejor amigo


En el colegio, todos tienen un mejor amigo o amiga. Ellas van juntas al baño. Ellos juegan fútbol en los recreos. Un bando critica al otro por ser niños y estos a su vez los critican por ser niñas. A esta edad, es distinto. Hoy me doy cuenta que si quiero tener un mejor amigo tiene que ser más peludo que los de antes.  

Eso del bendito “mejor amigo” me creó un vacío existencial desde que soy pequeña, y sólo va a desaparecer –como dice mi mamá- “cuando viva bajo mi propio techo”. Yo quiero un perro. Uno chiquito, tipo un San Bernardo, para que no haya rollo en el apartamento.

Como todo vacío, tiene que ser llenado con algo. Yo lo hago jugando con los perros de otros. Voy al Parque de Vizcaya, paseo como quien está ahí de casualidad… y empiezo mi jornada criminal: los voy llamando a todos, sentada en un banquito, esperando que alguno caiga.

Ajá, un rotweiller. Se me acerca como sonriendo y lleno de baba, se deja acariciar mientras le hablo como si tuviera algún tipo de retraso, pero no dura mucho, está persiguiendo perros chiquitos. “Salió pedófilo el negrito” le digo a mi novio mientras nos reímos de los poodles que se asustan cuando aquellos perrotes gigantes se les acercan.

Así voy coqueteando con todos mis mejores amigos… imaginarios, me usan por medio minuto de caricias y luego me dejan sola para perseguir a una perra. Irónica la vida.

En ese sufrimiento de querer lo que no es mío, se acerca una perrita hermosa. No por su pelaje, ni por su raza, ni por su prestancia al caminar. Todo lo contrario, era una Huskie albina sin un ojo, con cicatrices en todo su cuerpo, caminaba cojeando y al llamarla, no me responde. “Es sorda”, me dice el dueño.

“¿Cómo se llama?” le pregunto mientras  la alcanzo para acariciarla, cosa que fue fácil, dado que no podía correr. “Luna” me responde. Sale a flote un instinto maternal de lo más raro que me hizo querer cargarla y llevármela a mi casa. Empiezo de nuevo a tratarla como una bebé de 3 años. “¡Hola guaapaaaaa!, qué bella eres!”. Y así sigo mi monólogo, ignorando que esta peluda, parecida al perro volador de “La historia sin fin” no podía escucharme.

Me quedo filosofando sobre la vida, los amigos que tuve y cómo ninguno de ellos fue tan paciente como se veían todos los perritos que tenía cerca, calándose a sus dueños. Y que capaz, cuando viva “bajo mi propio techo” yo también pueda tener una Luna.

Me despido del dueño y de la perrita, me volteo más segura aún de que yo también quiero mi mejor amigo. Al rato, también ella  –cojeando- sigue su camino.


Imagen tomada de 101razasdeperros.com




25 jul 2012

Dinero rápido pero no fácil


Por: María Fernanda Silva


Lo llaman fácil porque nada más acostándose con alguien te ganas los reales pero este trabajo aunque ustedes no crean es el más difícil que puede haber, porque para nadie es fácil acostarse con un hombre sin sentir nada. Vengo de lunes a sábado y me lo tomo como un trabajo normal. Llego aquí a las diez y a las seis me voy pa mi casa de manera que ya en la noche es demasiado peligroso, prefiero trabajar en el día antes que trabajar en la noche. En mi  casa no lo saben, bueno digo yo que no lo saben.

No es como todo el mundo piensa que ay llegamos, ay si nos hacemos los reales, no. Hay días que te vas sin medio  como hay días que te puedes hacer mil bolívares, mil quinientos hasta dos mil bolívares, depende de todo. Pero ahorita como está la cosa, no está muy bueno. Todo es cuestión de suerte. Antes tú llegabas y en dos  horas ya tenías hasta mil bolívares. En una hora,  ya tenías mil bolívares, ya te ibas. Yo antes venía a las cinco y a las seis ya yo me estaba yendo, a mi casa. En verdad, ya no, ahorita tienes que durar todo el día aquí para poder hacerte algo.

Nosotras estamos cobrando 300. Un rato, una eyaculación. Hay muchos que no les gusta porque ellos quieren durar una o dos horas contigo ahí. La mayoría de los hombres que vienen son casados y de todo tipo. Hay clientes que te pagan más. Hay clientes que te chillan pa pagate menos. Las mujeres que están operadas cobran un poquito más.

Aquí hay mujeres que tienen sus clientes que son como maridos de ellas que las ayudan y cosas así. Pero, un cliente se puede ir con cualquiera, porque ellos son los que pagan. Ellos son los que tienen los reales. Bueno, yo de hecho no hace mucho tenía un hombre que él me daba todos los fines de semana 1500 bolívares. No tenía relaciones con él porque él decía que yo le gustaba demasiado y que por eso a lo mejor no se le paraba, y lo que me hacía era dar besos y ay que linda y esto y lo otro…y así me daba los reales.

Hay clientes que se portan bien contigo, como hay otros que son tremendas ratas porque aquí hay hombres que creen que uno está porque les gusta estar y no porque uno necesite. Aquí hay hombres que han venido y después de tener las cosas con uno y broma, quieren quitarle los reales a uno, sacan sus pistolas. Muchas veces si nos van a quitar los reales, les damos los reales pa que no nos hagan nada porque en verdad vale más nuestra vida que real. Pero no tenemos ningún arma ni nada pa defendenos  ni nada por el estilo.

No es nada fácil. A  quién no le gustaría dejar este trabajo. A todos en realidad nos gustaría dejar este trabajo pero, si lo dejamos  cómo hacemos. A veces duro hasta tres, cuatro meses sin venir, y cuando vengo me siento extraña.

Cuando yo era más chamita que estaba estudiando yo quería estudiar pa periodismo pero no pude. Mi mamá no tenía así como pa nosotros estudiar y la cosa. Yo dejé los estudios pa que mis hermanos siguieran estudiando. Yo trabajaba, aquí y les daba, les compraba sus zapatos, sus estrenos, su broma. Después que tuve a mis hijos ya ellos se olvidaron de ropa y de todo porque ya todo es pa mis hijos. Son cosas que a uno le toca  y que nadien sabee lo que uno vive.

Empecé cuando tuve mi primer hijo. Me separé del papá de mis hijos el no me quiso ayuda más y tomé la decisión. Tenía una amiga que trabajaba aquí antes que yo y ella me trajo para acá. Y al ver que aquí pude comprarle todo a mi hijo y broma, sin necesidad de estarle jalando al papá, me quedé aquí estancada.

Algún día dejaré este trabajo, ya mis hijos están creciendo y no me gustaría que me vieran en esta vida porque tengo una hija hembra y que no siguiera mi ejemplo porque en realidad esto no es fácil que pase alguien y te señale, te acuse sin saber nada. Porque mucha gente que lo hace, te ven a ti “Ayy mira esta” es así, ve pero sin sabe las cosas, sin sabe nada. Eso es así.

Por lo menos yo no me veo como una prostituta cochina así como todo el mundo habla. Las mujeres de la calle nos cuidamos más que las mujeres que tienen los hombres en su casa. Porque ellas no saben con cuántas mujeres se acostarán los maridos de ellas y no se cuidan. Nosotras sí, si  los hombres no se ponen preservativos no estamos con ellos. Es una condición, sin eso no.

Por eso me da tanta rabia porque por mi casa hay cantidad hombres y mujeres que hablan de las prostitutas y no saben que nosotras las prostitutas somos más limpias que ellas. Somos más limpias y estamos pendientes de la broma del ginecólogo de esto, de lo otro por qué porque estamos en la calle. Nosotras usamos preservativos, si no es con eso no lo hacemos.

Tu te metes pa los barrios y en esos barrios  si hay mujeres putas, putas. Tu las ves que se les pega a aquel, el otro y el otro y no le dan nada. Esas si son. Ellos no ven a uno como uno se ve porque  ellos no valoran a uno como mujer.

Hay muchas mujeres que en realidad  sí vienen acá por sus hijos, pero como hay  otras que no. Hay mujeres que aquí duran una semana sin ir pa su casa. Entonces Todo lo que agarran se lo gastan en ropa, en drogas… Al día siguiente cuando se paran se ven limpias otra vez. No tienen real. A volver a lo mismo. Eso no es vida. No es vida. Agarran más plata que uno, más plata que uno y no valoran la plata que tienen. Coño yo agarrara aunque sea un millón diario coño, que nojoda fuera reuniendo y reuniendo  pa algún día no venir más pa esta huevonada.

Yo fumo mariguana. Pero es porque eso me relaja no sé, al momento de estar con uno hombre tengo la mente en otro lado, porque eso es horrible. Pero no me gusta… no es un vicio porque en realidad no gasto mis reales en eso. Cuando se da el momento fumo y ya, pero no es un vicio.

Ya yo tengo seis años aquí. Todo cuesta real. Todo está caro, ahorita  un sueldo de 300 mil bolívares no te alcanza para pagar la cuidada del niño, pagar el alquiler, comprar pañales por eso es que nosotros estamos aquí. Algunas no estamos por eso, algunas están porque les gusta, porque son masoquistas pero en realidad yo estoy por necesidad. Porque un sueldo no te alcanza para todo eso, si compras comida no pagas la niñera, si pagas la niñera no compras pañales. Si compras pañal no te vistes.

Es así, este trabajo es así. Nosotras sabemos cuándo nos montamos en un carro más no cuando nos bajamos. Porque no sabemos si con la persona que nos vamos a montar vamos a correr suerte de que nos pague y todos nos salga bien. A como nos montemos y pues nos violen, nos maten.



18 jul 2012

Meditando en plena Caracas



Por Fabiola Ferrero



Eran pasadas las 6 de la tarde, yo iba sin pausa pero sin prisa entre el sonido incesante de las cornetas que se ligaba con un hermoso atardecer naranja. Entré al Museo del Transporte. Aún no entendía bien… ¿De verdad es aquí donde tengo que estar?

No estaba nerviosa, pero sí con muchas ansias, entré en un cuarto enteramente blanco, lleno de personas, con pétalos de rosas rojas y amarillas en el suelo. El olor intenso a incienso y frutas y el Buddah en la cabecera de la habitación hizo que se me quitara cualquier duda: “Sí, estoy en el sitio correcto”.

Como si hubiese sido a propósito, para crear una metáfora de mis conocimientos del budismo, quedé sentada a la derecha de un moreno que –según le escuché decir- es nuevo en esto, y del otro lado uno lleno de guindajos y anillos del Om Mani Padme Hum.

Pensé que si no hubiese perdido los míos, tal vez alguien también estaría pensando que sé mucho de esto.

Mi pensamiento se interrumpe por una cabeza calva que se asoma, de tono almendrado, con una túnica amarilla y una sonrisita de lo más cuchi. No podía creer que tuviera tan cerca a aquella lumbrera morena. Me siento como viendo en vivo un documental de NatGeo. Sí, estoy con un genuino monje tibetano. No pude evitar decir en voz alta “Esto es increíble”, mientras el de al lado se reía de mi reacción inocente.

En ese momento, como embobada, no pude más sino verlo fijamente, volteé y noté que todos hacíamos lo mismo, nos reíamos de su acento pero prestábamos una atención que nunca le he dado a ninguno de mis profesores. Era algo en él… Eso que llaman su “vibra”: imponente, pero nada agresiva.  Después de hablar un rato, llegó lo que quería: la meditación. Estaba emocionada.

Él comenzó, por supuesto. Meditó el mantra Om Zam Bala Zalen Dhraye Soha, aunque  lo hacía sin mover sus labios, mientras tocaba un instrumento parecido a una mandolina. En eso los ojos de todos se hicieron tan pesados que no pudimos más que dejarnos llevar por la vibración que ahora estaba en todo nuestro cuerpo.

La energía del cuarto de volvió densa, no podíamos salir de ella mientras la voz del monje estuviera acoplada con la nuestra. La vibración se sentía en la cara, en los oídos, en las manos, en el abdomen. La garganta me palpitaba rápidamente con el canto del mantra, los brazos los tenía flojos y la respiración, tan normal, se volvió un acto consciente. Sentía el aire entrar lentamente a mis pulmones, lo oía en mi interior y lo dejaba soltar recitando.

Esa meditación que tantas veces he hecho en mi cuarto, en mis clases de yoga y en la orilla del mar, eran juego de carritos al lado de este sonido que se sentía en la piel de todos, en esa energía de la que era imposible escaparse si estabas allí. Así seguimos por varios minutos, difíciles de calcular mientras estás en esa tembladera con un ruido tan hipnotizante.

Abrimos los ojos. Volteo para ver si algún tramposo ya los tenía abiertos… Pero nada. Todos nos veíamos como despertando de un sueño profundo, apenas dándonos cuenta de que seguimos en ese cuarto blanco, lleno de gente desconocida. Siento de nuevo el olor a incienso, como si por esos minutos, hasta eso hubiese desaparecido.

Ahora sí, regreso a casa en una noche bastante fría para ser Caracas, y bastante calmada para lo que estoy acostumbrada. ¿O la calmada soy yo? En fin, me fui, tranquila, en paz, sonriente… pensando que esa entrada que me gané en Twitter, va a ser un premio difícil de superar.


Imagen tomada de portubienestar.blogspot

Una noche en el cementerio


Por Jorge A. Botti

Cementerio del Este. Caracas, Venezuela 13/7/12
No la ha visto. Tampoco la ha escuchado. Sin embargo, no descarta que suceda en algún momento.
Alexander Gómez tiene casi 6 años trabajando como guardia de seguridad en el Cementerio del Este y se considera uno de los pocos que podría soportar la noche en la zona de los crematorios.
Sin embargo, no siempre fue de esa manera. De 29 años, pero de apariencia mucho mayor, Gómez recuerda la primera vez que “montó puesto” en esta zona. “Estaba cagao” me confiesa. Compuesto por tres capillas y un cafetín, esta área, instalada en plena montaña, se presta para atemorizar a la gente: los faroles de luces amarillas crean una niebla que diluye la vista y los sonidos del bosque se confunden con aquello que los visitantes no quieren escuchar, pero que se mantiene incesante, acechando.
Parece un susurro detrás del oído. Es el sonido que emiten los hornos cuando están encendidos, dos de ellos para personas y otro para mascotas. “No dormí esa vez”, continúa Gómez. Después de quedarse solo, recuerda que se acomodó en las sillas del cafetín y pasó la noche en vela, atento. Pero en la madrugada escuchó algo.
Las chimeneas metálicas de los incineradores se contraen por el cambio de temperatura en las mañanas, suenan como si se les golpeara con un bate. Gómez aprendió esto con los años, a través de los cuales ha descartado otros temores hasta incluso ayudar en el proceso de cremación. Sin embargo otros miedos aun permanecen, sobre todo uno por encima del resto.
Una niña suele jugar por la zona. Desde antes de la llegada de Gómez, en el cementerio corre el rumor de la presencia de una jovencita de cabello oscuro y vestido rojo que pasea por el corredor que comunica la última capilla con el baño. La han visto correr y jugar con una pelota, además de escucharla reír y divertirse. Aseguran que falleció a los tres años por un accidente de tránsito y que su lápida se encuentra en la parcela más cercana a los crematorios.
“Ni he escuchado ni he visto nada, así que no puedo decir que es verdad”, dice Gómez. Sin embargo, cada vez que le pregunto por ella baja la cara asustado como si temiera que pudiera atraerla.
Arnulfo Carrero asegura otras cosas. De 50 años, tiene 4 trabajando como patrullero/supervisor de zonas en el cementerio y afirma que “de noche se oyen ruidos. Gente golpeando cosas. Una vez nos abrieron los grifos del agua, fuimos a cerrarlos y cuando salimos volvieron a abrirlos”.
Continúo incrédulo a la historia, nunca me han convencido las cuentos de fantastmas. Hasta que Carrero agrega: “Visitantes la han visto, pero no se dan cuenta porque hay mucha gente. Hay otros que ven a la niña sola cuando ya no hay nadie y preguntan: ´mira y esa niña que anda por ahí´?”.
El frío y los sonidos nocturnos me invaden. El aire pesa sobre mí mientras continúo preguntando por la niña a pocos metros de donde yace su supuesta lápida. La niebla me ahoga mientras escucho los crematorios encendidos. Recorre por mi cabeza la sensación de que justo hasta donde llega la luz tenue de los faroles hay alguien. No puede distinguir qué es. No puedo ver. ¿Qué es? ¿Me acerco?
Tal vez en otra ocasión. Gómez y Carrero me recomendaron que me fuera. Eso hice.
Jorge A. Botti

16 jul 2012

Tiempo de sobra

Como es típico de las vacaciones, esos días donde una puede dormir hasta tarde, pasa todo lo contrario. Hoy me levanté a las 7:30 y tengo una reunión a las 12. Tengo tiempo de sobra. ¿Qué voy a hacer para gastarlo?



Me cepillo, me baño, me visto, desayuno, me arreglo y aún me quedan 3.

Me pongo a ver Friends en la sala de mi casa mientras mi mamá me da lecciones de moral recordándome que la TV atrofia el cerebro y preguntándome cómo no me canso de repetir los diálogos. Yo la ignoro y me gasto otros 30 minutos antes de pasar a leer unas líneas de El Cementerio de Praga.

Se me escapa un par de horas sin notarlo y decido salir 70 minutos antes para llegar con calma... Total, tengo tiempo de sobra.

No hay tráfico... Una gran sorpresa en Caracas, por lo que me voy a una plaza cercana a mi destino y me pongo a meditar.

Vuelvo en mí, veo los árboles, el cielo, le busco forma a las nubes, huelo la grama...  veo el reloj. 

Aún tengo tiempo suficiente para ir a mi reunión. En 6 minutos estoy en la puerta del estacionamiento y aunque hay un poco de cola, puedo esperar. Total, tengo tiempo de sobra.

50 minutos después...


Sigo en Parking.

El Seniat decidió cerrar el estacionamiento. Tuve tiempo de sobra y me quedé con las sobras del tiempo.



1 may 2012

De cómo me enamoré de una serpiente de color




¿Saben que dicen que cuando una se enamora siente que vuela? Si es así, yo vuelo a diario, pero con una serpiente. Su color vibrante me llamó desde el primer momento. Su textura cambia... a veces me acaricia, pero llega incluso a quemarme la piel. Me mantengo suspendida en el aire con ella. Subo un poco más, lo más alto que mis brazos puedan llegar, toco el techo a 8 o 9 metros. Me detengo.

Observo el suelo, las paredes a mi alrededor. Respiro, al entrar el aire siento que llega a mis pulmones una calma indescriptible... entonces ¿Por qué mi corazón late tan rápido? Es la adrenalina. Observo a mi serpiente y siento que por estos minutos sólo existimos ella y yo.

Exhalo.  Entorcho el pie, giro, resisto la quemadura de la serpiente coloreada. Debo domarla para una figura con mi cuerpo que me pone de cabeza para dejar caer cualquier pensamiento que no sea volar con ella y escuchar el retumbar de la música que nos acompaña en nuestra jornada aérea. Retomo mi posición inicial y me abro completamente en mis telas, me sostengo con todas mis fuerzas y me tomo el tiempo para ver mis muslos tensos, de par en par, sudados, con los músculos marcados cual carretera.


Así vamos jugando, mientras yo cambio mis pies y mis manos de lugar. La enredo a mi alrededor, bailamos con violines de fondo mezclados con dubstep. De repente me quedo tensa, concentrada... Tengo miedo de que me deje caer.

Suelto el pie. Caigo de cabeza y como siempre, me sostiene por mi tobillo. Aprieto mis labios y mis ojos para evitar lanzar un grito por la fuerza con la que me presiona... "Ya te estás acostumbrando a esta posición", sonrío. Me acomodo, retomo mi pulso y sé que por ahora, este vuelo ha terminado, casi llego al suelo...al mundo real.

9 feb 2012

Llave de plomo

La inseguridad contada desde una pupila lastimada.

15 de agosto, 2011. Andrea está en el teléfono, tiene una conversación tonta con su padre, como cualquier otra, y antes de colgar, escucha por última vez su voz, sin saberlo.


Ella camina. Entre muchos estudiantes. Pero esconde bajo una coraza un dolor que lleva consigo de la cama al pupitre todas las mañanas. Su cabello marrón se confunde con negro, mira el mundo con ojos de cacao, críticos y serios, y su andar melancólico se mezcla con una expresión que grita fuerza y debilidad, con una tímida sonrisa metálica que duda en aparecer, o tal vez, simplemente, aún no quiere. Se sienta y recuerda en su llanto, tratando de controlarlo, la vida que tenía hace cuatro cortos pero eternos meses.

- Nunca pensé que me iba a pasar esto a mí. Nunca. Ni en sueños logro hablar con él.

Eso es todo lo que tiene Andrea, se aferra a sus sueños. Necesita que su padre se voltee, necesita una respuesta. Pero no la encuentra. Su papá está de espaldas, la mirada no está sobre ella. Andrea se despierta, llorando.

- Yo no estoy tan bien. Lo extraño.

Las lágrimas caen por sus mejillas. La mirada que busca Andrea la encuentra en otros ojos. La ve en las pupilas coloradas de Diego y Maurizio, sus hermanos. Oye la voz de su padre en las frases que sus bocas sueltan con el tono de un infante inocente, pero no ciego ante la muerte. Andrea abraza a Maurizio, un pequeño de tres años que viene seguido de Diego, quien en su inteligencia colmada de amor no puede más sino entender que algo no está bien.

- Lo siento, Andre. Yo sé que tú lo extrañas.

Y Andrea sabe también que él lo extraña. Y que ambos, al cerrar los ojos, esperan una visita en las madrugadas de quien les daba la mano para llevarlos a la piscina. Maurizio lo busca, sin comprender que a partir de ahora, debe nadar sin los brazos fuertes que lo sostenían. Él se sumergirá en las aguas tomado de la mano de los recuerdos, de aquellos que Andrea sabe que debe mantener vivos en la memoria de sus hermanos.

- Verlos es como una esperanza para mí, porque es como ver a mi papá. Yo no quiero que mis hermanos se olviden de mi papá, ese es mi miedo. Y ese va a ser mi trabajo: recordarles a ellos todo lo que era mi papá.

Una bala puso fin al transitar de Juan Carlos Losada, dejó su número anotado en las cifras que aparecen en las páginas de los periódicos, y que fríamente son leídas en las mañanas por los venezolanos, y luego lanzadas a la basura para ignorarlas y reír hasta que inesperadamente, la llave de plomo le abra la puerta de la muerte a otro venezolano.

- Aquí no hay futuro. Hasta que no te pasa a ti, tú no entiendes qué grave está la situación de Venezuela. La gente no se toma nada en serio. Nada. Tú no te imaginas que la muerte está tan cerca. Me pregunto por qué… ¿Por qué, por qué, porqué?... Todos los días lloro, y todos los días me acuesto y lo recuerdo… y digo: ¿Qué es lo que está pasando en este país?

Habla con la voz cortada, habla con lágrimas. Habla con un dolor sincero. Se reprocha a sí misma las veces que perdió el tiempo en peleas, y reprocha a quien llora en muerte a quien en vida no fue respetado. Duda de su fuerza, pero en su convicción se deja ver la voluntad de una sangre joven que dejará en alto el orgullo de su apellido. Es imposible poner en letras la voz que añora el regreso sabiendo que no existe. Es imposible usar los pies de quien camina en vidrio, porque nadie quiere sentir ese dolor. Sólo lo siente el que no tiene otro camino. Es imposible entender su sufrimiento. Nadie puede. Intentan, pero no pueden.

- Yo no soy la misma de antes. No lo soy. Siento que algo dentro de mí se murió. Yo estas navidades no tengo nada que celebrar. Hasta el día de hoy yo espero que mi papá me hable.

Pocas veces levanta la mirada, pocas veces mira a los ojos, a veces habla de su papá en pasado; otras, en presente. Mezcla los recuerdos con lo que vive ahora, una rabia por haber enterrado a su papá y saber que el cementerio es ahora donde ella lo visita y le lleva flores todos los fines de semana. Andrea, como muchos otros, perdió la esperanza en Venezuela.

- Me da igual lo que pase en este país. ¿Cómo voy a ser una periodista así? A él le daba miedo que yo estudiara periodismo… Ya se puede quedar tranquilo, porque esa no es la mención que yo voy a agarrar.

Andrea tiene recuerdos. Son infinitos.

- Él era un ejemplo para mí. Él siempre estuvo ahí. Mi papá era la persona con la que mejor hablaba.

No comprende.

- Es una muerte totalmente absurda. Es algo absurdo. Todos tenemos el tiempo contado.

Siente dolor.

- Alguien tiene que pagar… Alguien tiene que pagar.

Siente culpa.

- Si yo solamente le hubiese pedido que me viniera a buscar, o que fuéramos a otro lado… Quizá yo pude haber cambiado esa situación.

Suelta infinitas lágrimas. No se secan desde hace cuatro meses.

- Nadie está viviendo el dolor de lo que pasó. Tú vas al velorio de alguien y entiendes el dolor. Pero no es lo mismo vivirlo… No es lo mismo vivirlo.

No lo cree.

- Yo siempre vi la muerte muy alejada. Siempre pensaba que mis papás iban a ser eternos. Nunca se espera que el día de mañana maten a tu papá. Y menos así.

Pero tiene voluntad.

- No sé de donde sacaba la fuerza para seguir adelante. No tengo ni idea.

Tiene motivación.

- No me gusta ser la víctima, pero sí me gusta ser ejemplo, para que las personas entiendan que tener discusiones con su familia, no lo vale. El día de mañana te puede pasar así.

Tiene fuerza.

- Tengo que salir adelante por mis hermanos. Todo va ligado también a mi misma, pero todo se enfoca hacia ellos.

Y su padre… está en la Eternidad.

- Él no se va a ir. Él está conmigo.


                                         

Agradezco inmensamente a Andrea por compartir su historia conmigo (Protejo su apellido por seguridad).

8 jun 2011

Pastelero, traiga uno de queso primero.

En el vocabulario de los hinchas nacionales, se escucha de forma repetida la
palabra “pastelero”. En las fiestas, la torta siempre está al final, por lo que en el caso
deportivo es una figura para calificar a quienes sólo buscan el pastel, no lo anterior; es
decir, no conocen, pero disfrutan. También se usa contra quienes sienten más empatía
por el fútbol internacional en lugar del nacional. Si apoyas a equipos extranjeros, eres
pastelero; si no asistes a partidos de la Vinotinto o del Caracas Fútbol Club, eres pastelero;
incluso si comienzas ahora a conocer el deporte nacional y no llevas años siguiéndolo, eres
considerado pastelero.

El calificativo lo utilizan los fanáticos del fútbol nacional como sinónimo de plaga,
basura, vergüenza. Actualmente, hay una ola de fanatismo extremo hacia los clubes de
fútbol y la selección nacional, que no está compuesta necesariamente por seguidores de
corazón. Esto no se puede negar. Sin embargo, la generalización que se ha hecho involucra
a cualquiera que esté interesado en conocer el talento deportivo que hay en nuestras
canchas, lo cual tiene un efecto inverso al buscado: Los hinchas tienden a rechazar a quien
quiera apoyar al talento nacional, pero si no lo haces, también te rechazan. Se ha formado
una casta deportiva, integrada por jóvenes conocedores (y otros, no tanto) de la historia y
la actualidad del fútbol de nuestro país. Esta estructura social impenetrable ha ocasionado
una división de los espectadores de nuestro deporte: Los hinchas “de corazón”, y los
llamados “pasteleros”: ignorantes de este deporte.

Tomemos como ejemplo un partido del C.F.C: La barra brava es una de las más
conocidas en Venezuela. Un mar rojo ocupa la mitad del estadio Olímpico, y dentro de
este mar se discriminan unos entre otros, incluso se denigra abiertamente en canciones a
los que poco saben. Supongo que los fanáticos “de corazón” tienen un súper poder para
saber quiénes sienten el deporte, y quiénes lo siguen por ser vistos. Dios nos libre de salir
a la calle a celebrar por el equipo del país de nuestros abuelos, y no saber los nombres de
quienes conforman la selección Vinotinto, pues ahora el deporte pertenece a los sabios del
balón, a los historiadores del juego, a los analistas de la cancha.

Hay muchos que sólo se interesan por la diversión que trae estar rodeado de euforia,
y hay otros que poco conocen, pero sienten emoción al ver a otro venezolano meter un
gol o alzar una copa. Pero si no está su mente al tanto de todo lo que sucede detrás, es un
pastelero, una vergüenza, y no tiene derecho a celebrar ni conocer… Se reservarán entonces 
las canchas para las minorías, y el deporte nacional será sólo para una élite.



19 mar 2011

Te extraño, nonna.

Ciao, Nonna:

No quiero que pienses que te uso para participar en este concurso, tal vez uso este concurso como excusa para hablar contigo.

Creo que Dios te necesitaba con urgencia, pues llevarte a su lado el día de Navidad sólo me hace entender que había muchas almas a las que les hacía falta un abrazo de la Nonna.

Tu cuarto se ha convertido para tus nietos en el sitio predilecto para sentir toda la calma que dejaste impregnada, pero supongo que ya lo sabes, pues debes vernos siempre acostados en tu cama, y ahora no sólo estás allí, estás en todas partes… Estás con cada hijo, nieto y bisnieta que dejaste, vigilando que no caminen descalzos por la casa y que se laven las manos antes de comer. Estás en Italia bailando con vestidos de flores, ‘mangiando’ todos los dulces que se te prohibieron en vida y que lograbas alcanzar cuando pensabas que nadie te veía. Quiero que sepas que te descubríamos siempre, y que dejaste toda tu pared manchada con huellas de chocolate, pero no te preocupes, yo hubiese hecho un desastre peor.

Esta tinta que escribe palabras son lágrimas que no humedecen, pero marcan las páginas para decirte cuánto te extrañamos, y cuánto tenemos que agradecerte. Me pregunto por qué las personas nos empeñamos en dejar todo para después, por qué damos por sentado que todos estaremos para siempre y que, tal vez, más tarde exista un mejor momento para hacer lo que queremos… Me pregunto por qué ese día guardé todas las ganas que tenía de abrazarte para luego… Y no existió ese luego. Gracias por abrazarme tú en aquel sueño que tuve, con la sonrisa más grande que jamás vi relucir en ti. Lo atesoro tanto como cada uno de los que me diste en mis diecinueve años de vida. Definitivamente, te tengo que agradecer también por toda la pasta y los dulces que me preparaste; pensarías que gracias a ti soy amante de la comida italiana, pero cada vez que me veo frente a un plato de raviollis es inevitable decir: “Lo siento, el de mi abuela es mejor”. No te preocupes si de repente me ves echar unas lágrimas, sé que estás feliz donde estás, pero aquí abajo a veces me entran ganas increíbles de estar contigo un rato más, de sentarme a tu lado para hacerte cien preguntas sobre la guerra y la vieja Italia y oír por enésima vez cómo te enamoraste de mi abuelo, y cómo te enamoraste de Venezuela, de su clima y de su gente.

Creo que a muchos nos cuesta lidiar con la muerte. Aquí en casa, estos dos meses han sido agridulces, pero me aferro a todo lo bueno que dejaste, a todas las sonrisas que hiciste salir de nosotros en cada cena familiar, porque de tanto reírte tu panza empezaba a moverse descontroladamente.

Así te recuerdo, y sé que todos te recordamos igual: no con tus ojos cerrados, sino como la madre, abuela y bisabuela enérgica y luchadora que siempre fuiste; como la mujer que siempre se quejaba porque le comprábamos regalos, pero en el fondo amaba ese gesto cada Navidad, como la Nonna que tenía, en todo momento, mil galletas para sus nietos en la cartera, y era la dueña de un diccionario propio para las palabras que nunca supo decir en español. Te recordamos como la abuelita a la que amábamos despeinar y siempre sus finos hilachos negros volvían a su lugar, y como la esposa que esperó veintidós años para reencontrarse con su marido. Ahora estás con él. Baila. Baila como siempre lo has hecho, y nunca dejes de inventar palabras y de hacer que tu panza se descontrole con tu risa. Mientras tanto, te escucharé en cada tonada de Nicola Di Bari, te veré en cada mirada azul de mar, en cada rostro arrugado por sabiduría y experiencia, y en cada fotografía en blanco y negro, que alberga millones de historias que nunca titubeaste en compartir.

Gracias a ti, porque compartiste vida, historia y amor. Disfruta del paraíso ahora que estás allá, donde las enfermedades no existen y la energía ha vuelto a tu alma.

Te pienso cada día, te mando besos de chocolate y pido a cambio tu bendición. Nos volveremos a ver.

Tu nieta,
La piccolina con le gambe de gallina.