15 ene 2014

“Titina” Azuaje: la solución que no llegó



Poco conocida a pesar de su amplia trayectoria en política, Olga Azuaje prometía un Chacao mejor. “Va a gobernar una mujer”, era su grito de campaña. El grito se perdió en el aire, al igual que su victoria





El jardín de PDVSA La Estancia, en Altamira, suele hacer voltear a los peatones que caminan por Chacao. Giran su cabeza brevemente, se deleitan con el verde y siguen su camino. El sábado 18 de noviembre las cabezas giraban en la dirección contraria. Una fila de casi 20 carros (casi todos camionetas) esperaba disfrazada de afiches para salir. Era la caravana de “La solución para Chacao”.

Ese día el presidente Nicolás Maduro disfrutaba en cadena una serenata de Juan Gabriel por su cumpleaños. Ese día, también, la oposición decidió salir a las calles con el nombre de "los autoconvocados”. Estaban a pocos metros de la caravana de la candidata roja.

-          No nos vamos a acercar. La candidata cree en la unión –dijo Daniel Lombana, quien solo por estos meses se convirtió en su jefe de prensa- en época de elecciones todos hacemos de todo.

Olga Azuaje es también conocida como Titina. Cuando preguntas a su alrededor el porqué de su apodo, la gente levanta los hombros. Lleva siempre poco maquillaje en su rostro, pero  sus orejas dejan ver unos zarcillos Bvlgari que se roban la atención. Se acercaba con confianza a sus conocidos y a los que pasaban pidiéndole un abrazo y la firma. Ella rayaba su cara sonriente del afiche y el feliz elector se iba con su autógrafo.

La política la lleva en la sangre. Su madre es la embajadora de Venezuela en Surinam. Su padre es un militar retirado que sufrió el exilio en el gobierno de Pérez Jiménez. Pero su padre político es Hugo Chávez. La frase “por ahora…” la llevó a interesarse por su país y creó, en abril de 2002, el movimiento Clase Media en Positivo. Hoy defiende el municipio que, según ella, fue “el epicentro de acciones dantescas”.

 La candidata del Gran Polo Patriótico viste con chaquetas Columbia. Debajo lleva la franela con su nombre impreso y un corazón rojo rojito. En la cabeza exhibe una gorra azul con la palabra “Jesús” escrita. El día de la caravana llegó a las 10. Ya tenía tres horas despierta.

-          Ella a las 7 ya está trabajando, siempre. Desde temprano en la oficina. No importa si es sábado –comenta José Luis Pérez, un señor de cabello blanco que siempre estaba cerca de ella.

La música retumbaba a todo volumen antes de arrancar. Ningún oído podía escaparse de la única canción que sonaba de forma repetida. “Pégate, pégate, pe-pe-pe-pégate” marcaba el tempo para las caras alegres que bailaban con gorras tricolor.

-          ¡Pégate tú este 8 de diciembre! –gritaba en el micrófono la que sirvió de animadora por la jornada- ¡A votar! ¡Titina es la solución para Chacao!




La voz chillona alargaba la última vocal de cada frase. Mientras tanto, un hombre moreno pasaba entre los carros gritando “¡los afiches van a volar!”. No hablaba de la demanda. Estaban mal pegados a los vidrios.

La exministra del Poder Popular para el Turismo se montaba en su carroza roja para iniciar el tour. “¡Tú te vienes en el camión!”, me gritaba Daniel Lombana mientras corría al vehículo, al tiempo que me golpeaba de forma despectiva un “Tas enchufaíta, ¿no?” por parte de un hombre alto y muy delgado.

***
Comenzó el recorrido hacia Los Palos Grandes. Entre la vibración de las bocinas,  los brincos de sus tripulantes y los frenazos inesperados, era casi imposible mantenerse de pie. Con pasitos hacia adelante y hacia atrás buscaba el equilibrio. Sonaban gaitas, reggaetones y merengues. Nunca entonaron el “Patria Querida”. Nunca se mencionó a Chávez por el micrófono. La animadora repetía una y otra vez “¡Ahora va a gobernar una mujer!” mientras Azuaje saludaba a balcones de edificios bien mantenidos.

Algunas manos tímidas salían de las ventanas. Otras pocas, más felices, bailaban y mostraban su apoyo. Una señora que caminaba no dudó en expresar su opinión: con pulgar abajo, caminaba sin mirar la fila de carros. Eso sí, sonriente. La candidata lo ignoraba, seguía moviendo sus brazos montada en una silla, como una reina de carnaval. En los actos políticos y en las jornadas laborales es muy cercana, pero nadie sabe de su vida privada.


-          Ella nunca habla de eso. Lo que conversa es de su municipio, de su gente. Quiere resolver la inseguridad –comenta José Cañizales, quien fue el candidato a concejal para Chacao.

El camión iba ya por la Firestone de La Castellana. Un hombre sudado y sin camisa provocó en las mujeres de la carroza reacciones lujuriosas. “¡Ay, hay que buscar ese voto!” decían entre risas. Pero Azuaje, exjefa de movilización del Comando de Campaña Carabobo, no. Ella seguía con la mirada al frente y hacia arriba. Solo una vez volteó durante el recorrido: mandaba a regañar a un miembro de su equipo que, molesto por el rechazo, ofendía a los opositores de la zona. “¡Nosotros no hacemos eso!” decía Azuaje levantando el índice.


El carruaje electoral se detuvo. Del vehículo que lo precedía saltó un equipo con cámaras y micrófonos gritando: “¡Aquí, aquí es, bájense!”. La fila gigantesca de autos detuvo el tráfico frente a la panadería D’anubio. Ubicaron y arreglaron a la candidata con un grupo de gente a sus espaldas y se encendieron las luces rojas para grabar. “Aquí estamos, como ven, con mucha alegría…” decía Azuaje para Venezolana de Televisión (VTV).



Continúa el recorrido. La representante de “la solución para Chacao” sabe manejarse con los medios. Y cuando falla, la corrigen. “Olga, ¡sonríe!” le decía disimulando una persona de su equipo que se percató de un periodista en la calle. El hombre caminaba por la zona y se detuvo al ver el carnaval rojo. Solo disparó su cámara un par de veces y siguió su recorrido.

En su casa la esperaban dos hijos. Morochos. Es con ellos, y con sus cinco hermanos, con quienes comparte su tiempo libre. Es la menor, pero eso no la hace indisciplinada. Olga Azuaje es también miembro de formación del PSUV, y dice ver el “proceso” como un trabajo integrador. Estaba convencida de que ganaría en un municipio de clase alta porque para ella, el legado de Chávez los involucra.

Las gorras volaban en el aire. Los tambores criollos salían a toda velocidad por las cornetas. Mientras la música aceleraba su ritmo, los brazos se agitaban más rápido tratando de entregarle un souvenir a todos, pero no fueron suficientes. Se acabó la propaganda tricolor. “Ella la usó antes que Capriles”, me aseguró un señor por la calle.

Así se fueron un par de horas. Atravesando calles tapizadas de afiches de ella y de su contrincante, Ramón Muchacho. Entre finas panaderías y plazas creadas por gestiones anteriores. No lo suficientemente buenas, según Azuaje.

De uno de los edificios salió un afiche con su cara. La más alegre de todas me agarró el brazo y compartió feliz: “Mira, vale. Aquí sí hay chavismo”. Así es. 14,6% de sus habitantes, según el CNE. También salieron ollas de muchas ventanas. Esas no las vieron. La fiesta que había en el camión hacía que no escucharan el cacerolazo.


Olga Azuaje contaba los días para convertirse en la primera alcaldesa de Chacao. Hoy, se lee en su página web “Chacao sí cambia en” seguido de una cuenta regresiva que quedó con varios ceros congelados. El reloj también se quedó esperando.

Bajé del camión mientras Olga Azuaje se despedía con una sonrisa. Se volvía lejano el sonido de la música mezclado con los golpes de las ollas. En Univisión, más tarde, aparecía la candidata que cree en la unión:  “Los sectores de oposición que hacen vida en el país y andan llamando a la protesta…”

   Fabiola Ferrero

4 ene 2014

Diálogos caraqueños-2-

[Te mostramos lo que los caraqueños dicen a viva voz cuando creen que no hay nadie registrando en su mente cada detalle de sus frases. Es nutritivo hacer el ejercicio de prestar atención a tu alrededor. A veces te sorprendes. Escuchamos cosas muy tristes, otras brillantes, otras simplemente inocentes. Aquí te mostraremos un poco de todas]

Envía tu colaboración a @PupilaCaraquena

***

La Avenida Casanova estaba tan concurrida y sucia como siempre. La visión de una persona que necesita limpiarse, sin embargo, puede contra todo. Entre todas las bolsas que colgaban de las manos de los transeúntes, una vista de águila visualizó un tesoro en una de ellas. Las líneas negras y verdes de la bolsa dejaban ver... Papel tualé. Sí, así. La señora se acercó de forma violenta a su par que después de un pequeño brinco, entendió que era desespero y no maldad lo que traía consigo la mujer.

-¡Señora! ¿Dónde consiguió papel?
-¡Ay no, mi amor! Ese lo tenía escondido desde hace dos semanas donde un amigo. 



***

Las Mercedes estaba colapsada. Las compras decembrinas se habían juntado con los trabajos del nuevo puentes. Después de más de cuarenta minutos, ya más cerca de una curva que nos liberaría, vemos a nuestra derecha un Alfa Romero que consiguió un "atajo". El auto había ahorrado casi una hora de cola pasando por el estacionamiento público que está a un lado del Río Guaire. Pretendía, muy feliz, poner su máquina delante de la nuestra. El juego de "yo acelero más que tú" empezó para evitar que pasara. El vidrio del Alfa Romeo bajó dejando ver un hombre con cabello de comercial que masticaba un chicle con la boca abierta.

-¡Tú sí eres arrecho, te vas a comé' toda la cola!
-Eso no es comerse la cola, hermano. Es agarrar otro camino. Tú también puedes hacerlo.

Ah, la inteligencia.

***

Colaboración de @JulioSuarezN:

Subir el Ávila es una actividad muy común para aquellos que quieren mantenerse atléticos, sanos y escapar del caos capitalino. Hay personas, incluso, que ven la subida como una suerte de "Camino de Santiago" donde dejas tus penas. Dos chicas van subiendo. Una le dice a su compañera:

-Bueno, entonces el bicho quería que me fuera con él.
- ¿Pa' dónde? ¿Queeeesj? ¿y qué le dijiste, marica?
-Bueno, que se fuera con mi prima... ¿pa' qué se casó con ella, puesjm?

27 dic 2013

Año nuevo en París



Abrimos las puertas del Hotel Montparnasse para darnos paso hacia la Torre Eiffel. La temperatura bajó unos 10 grados con solo salir a la calle, pero el ritual de cubrirse con 4 capas de ropa se invirtió al entrar al Metro. El subterráneo estaba algo sucio, con publicidad de películas en todas sus paredes  y lleno de personas caminando a toda prisa.

Pasamos las estaciones de pie aguantando el calor bajo los cuellos de tortuga y botas de invierno. De vez en cuando, también, dejábamos de respirar por varios segundos mientras pasaba una ráfaga que cortaba el aire desde la axila de algún caminante directo a nuestras narices. Dicen que por el frío, la ducha agarra polvo en invierno.

Era temprano aún. Paramos en una pizzería donde debías esperar anotado en una lista –sí, en el primer mundo existen las colas-.

   - Esperen que vale la pena. Es bueno.

El primer venezolano que encontrábamos –ese día- paseando por París. En días anteriores habíamos reconocido a otros por el uso de palabras como “Coñoesumadre” y “no seas webón” que se escurrían entre el bululú de personas atropellándose entre ellas.


***


En la grama que rodeaba la torre ya se encontraban cientos de personas en ánimo de picnic. La mayoría con botellas en mano, echadas en el piso recibiendo gotitas como de spray que caían del cielo.  Las caras rebotaban las luces intermitentes del monumento que comenzaban su tintineo cada media hora.  El frío se acentuaba a medida que caía la lluvia y la incertidumbre crecía para vivir en persona lo que todos los años ves en televisión: una gigantesca celebración en una de las ciudades más importantes del mundo. Millones de fuegos artificiales y gritos desenfrenados.

La Torre Eiffel titiló de nuevo a las 12. La euforia se apoderó de un río de gente. La llegada del 2013 se colmó de gritos bajo un cielo que lloraba aún. El sonido ensordecedor se acompañó con parejas dándose un beso bajo la lluvia, grupos enteros dando vueltas abrazados,  niños que saltaban de emoción. Todos los idiomas iban y venían repitiendo la misma frase.




Pocos minutos después se calmaron los gritos. Los fuegos artificiales nunca tocaron el cielo –ahora están prohibidos-. El río empezó a moverse, la gente se retiraba mientras que el agua se apoderaba con más fuerza de la ciudad. Una masa de gente trataba de entrar por una puerta de dos metros que los separaba  de la estación de Metro más cercana. Los pies parecían elevarse dejando el cuerpo a la deriva. Los brazos estaban inmovilizados, apuntaba la nariz hacia arriba para poder respirar mientras la señora que me precedía golpeaba a otro con un paraguas, en un intento desesperado de defender a su hija. La niña se cubría la cara con los brazos y se resguardaba en las piernas de la madre, que maldecía en francés.

   - ¡Vámonos de aquí! –Gritaba mi mamá tratando de salir de la corriente que nos llevaba sin esfuerzo.

Con la sensación de encierro recién abandonada y los gritos de fondo, nos fuimos calle arriba siguiendo el tren que pasaba por encima. La escena se repitió en las siguientes estaciones, mientras las gotas seguían golpeando nuestros abrigos haciéndolos más pesados. Las luces y la decoración compartían escenario con personas que caminaban balanceándose. Las aceras hacían espacio para charcos. Las botas se empapaban con ellos.

El segundo grupo de venezolanos apareció. Un hombre nos saludaba con una niña que lloraba montada en sus hombros, buscaba a su mamá. Al aparecer, el hombre –que vivía allí- nos presentó como “otros venezolanos”.

   - Coño, menos mal que las vainas están jodidas allá. Esto está lleno de venezolanos… ¡Y dicen que no hay rial!

Su cordialidad fue bien recibida y continuamos el recorrido en busca de un taxi. El subterráneo había colapsado por la cantidad de gente. Un paraguas moribundo intentaba de forma inútil hacer su trabajo y nosotros, perdidos en París, caminábamos sin estar muy seguros de dónde estaba nuestro hotel. “Queda muy cerca de la torre”, nos había dicho el encargado.


***

El reloj marcaba las 2 de la mañana. Nos detuvimos en un mapa que exhibía una de las plazas de la ciudad.  En él, un botón rojo marcaba “subir” o “bajar”. Al presionarlo, tres jóvenes que también se veían perdidos, se sorprendieron.

   - Coño, este sabe su vaina –dijo uno al ver que el mapa se movía y dejaba  ver la ciudad completa-
   - ¡Epa! ¡Otro venezolano!

Nos reconfortamos temblando de frío con incredulidad por la “roncha” que todos estábamos pasando. Nos despedimos y continuamos el maratón húmedo y helado en el que participábamos. Nuestros cachetes –y dedos- congelados hacían contraste con el calor que tenían algunas partes del cuerpo por la larga caminata.

El reloj marcaba más de las 3 de la mañana. Una brisa dejó ver el esqueleto del paraguas que, finalmente, se rindió. Su vestido negro se había despedazado y la estructura metálica que lo sostenía quedó en la basura. A pocos metros veíamos, por fin, algo conocido.  


16 dic 2013

Personajes de Caracas: El "duende" de La Florida

Después de 37 años sembrando árboles, Armando Báez hoy se deleita con sus frutos

Con andar contoneado, Báez reparte saludos por las calles de La Florida. Pasadas las seis de la tarde, el guardabosque y su grito de “¡amiga!” se resguardan en su nueva casa: El Porvenir, parque inaugurado por PDVSA La Estancia hace pocas semanas




Un hombre con lentes oscuros le da la mano a un niño que corría en interiores chorreando destellos. Viene de jugar en la fuente. Voltea y repite el proceso dejando colar unas cuantas gotas en la mano de su siguiente visita. Se baja los lentes hasta la nariz.

—No me digas nada, tu carita lo dice todo. A ti te hablaron de mí.

El guardabosque exhibe cabellera blanca y una esfera plateada en su oreja derecha. El apodo de El duende fue otro regalo de la doctora Beatrice Sansó de Ramírez, gerente de PDVSA La Estancia, quien inauguró el parque a principios de noviembre.

—Yo construí este ecosistema—cuenta explicando la razón del sobrenombre.
Báez vivió en su casa hasta los 14 años. Después de eso, encontró colcha en la calle y familia en la naturaleza.

—Yo los sembré y los recogí también. De la basura. La gente los bota solo porque se quebró el pote.
—Quería salvarlo.
—Por supuesto. Es una vida diferente, pero nace, crece, se reproduce y muere. Igual que tú, igual que yo.
—Parece su historia.
—¿Y por qué no?
—¿Cree que es como ese árbol? ¿Que lo dejaron así en la calle?

La pregunta queda suspendida en el aire por unos segundos. El duende rompe el silencio.

—La única diferencia es que a mí no me recogió nadie.

Comparte habitación con sus niñas: Abril, Mayo, Junio y Julia, aunque este último es un nombre poco elegante para su cuarta gata, así que lo cambia por Chanel. Entre tantos árboles y mascotas, el corazón de Báez no se da cabida.

—Esto aquí es un ardor de fuego—dice con las manos en el pecho. No habla de pasión. El duende está recordando uno de sus cuatro infartos.

—Mi corazón se abrió en varias oportunidades para que cupieran todos—cuenta sonriente. También su cerebro se ha “abierto” para que sus ideas fluyan. Dos ACV están registrados en su historia clínica del Hospital Vargas. Aún recuerda la enfermera que lo limpió.

—Es el primer amor de mujer que he tenido.

Pero el amor no está en todas partes. Nunca un vecino lo ha montado en su carro para llevarlo a la clínica por miedo a que quede inerte en su asiento y no vuelva a despertar. Se quedan ahí, lo acompañan, lo ven de cerca y le toman la mano. Luego llaman a la policía para que resuelva su traslado.

—¿Eso le molesta?
—No, tengo que aceptarlo. Yo no me he quedado en eso, me pasó y me pasó. Todo en su santo lugar, así soy yo por dentro y por fuera. Y más adentro igualito.

El orden se ve en su guardarropa, se siente en el aroma a jabón de su sala y se oye en el silencio que lo rodea. El guardabosque no tiene pareja, tampoco busca una, pero abre espacio entre sus relatos para alguien que siempre lo acompaña. “La Biblia dice…” es una frase que empotra con el resto cada par de minutos.

—Soy uno de los elegidos—toma aire para continuar, pero se detiene y solo suspira—Sí.
—¿Elegidos para?
—No sé—espera que la incertidumbre se aclare más adelante. Cincuenta y ocho años no le han dado la respuesta.
—Yo tengo que estar como el scout, siempre listo.

Suena sin aviso una música aguda.

—Me encanta cuando suena mi teléfono.
—¿Por qué?
—Porque sí—ve la pantalla del celular y levanta de nuevo la mirada—porque alguien se acuerda de mí.
—¿Quién se acordó ahora?
—Rebeca, mi odontóloga.

Y se escapa de nuevo una risotada que trata de escaparse por la vena de su frente. Muestra sus dientes al tiempo que enseña sus cortinas “de confección propia” y expone todos los muebles de su nuevo hogar. Pero de a ratos le da descanso a la sonrisa y con pequeñas lagunas en sus ojos marrones deja ver una seriedad que esconde.

—Ya voy llegando—repite en voz alta lo que lee en la pantalla.

 Mientras Armando Báez se dispone a recibir a su odontóloga, enumera a todos los personajes de PDVSA que se han sentado en su sala, cuida no despertar a su familia peluda y recuerda el anterior patio de tierra hoy convertido en un piso de madera.

—Gracias a ese bosque el parque tiene nombre de bosque, más bonito. Bosque urbano La Alquitrana, otros le dicen bosque urbano El Porvenir, me gusta más. Armando por venir. Sí. ¿Y por qué no? Claro. 

9 dic 2013

Mi encuentro con Federico Vegas

Lo que pasa con una estudiante de periodismo que comparte a un entrevistado con casi 30 alumnos. Federico Vegas visitó mi salón para que habláramos de su novela "Los Incurables" (y otras cosas también) y esto fue lo que pasó.

***

Su mirada tocó la mía por apenas dos segundos. Tenía el cabello alborotado y sus ojos parecían castigados por la falta de descanso.  Federico Vegas esbozó una leve sonrisa y volvió a su lectura. “Me falló Reverón” confiesa Vegas en Los incurables. El libro que debía ser sobre el pintor dejó que este se le escapara.

La vista de Vegas es difícil de pescar. Es de esos oradores que mueven la cabeza como un ventilador para tratar de hablar con todos, pero poco conversa con uno.  La entrevista, un juego de seducción, se trata de tocarse con los ojos y acariciar con las preguntas. ¿Cómo seducir en un salón lleno de estudiantes? Me falla la impudicia.

“Hutchson no existe” fue la frase que quebró el silencio tímido del salón. Las bocas, hasta entonces cerradas,  se expandieron buscando tragar todo el aire que podían. La sentencia fue una corriente de aire caliente que activó un remolino de preguntas y respuestas. La excusa para la tertulia fue su libro Los incurables, pero se detiene para enseñarnos cómo explicar a un extranjero qué es Venezuela.

-          Con lo que tú le pones a tu carro en gasolina, en
 Venezuela llenamos 800. Y le haces así –Vegas extiende el brazo como si quisiera alcanzar algo a lo lejos- para que él vea… carros.

El salón comparte una risa al unísono. En cada pupitre se ve una edición de su libro al que todos hojean de vez en cuando. Abro el mío buscando alguna pregunta inteligente entre los “farsantes” personajes de Vegas, pero el montón de letras la mantienen bien escondida.  Tendré que guardar la caricia para más adelante.

Dice que no lee, pero cada par de historias saca citas de sus bolsillos. A su despertar le sigue una rutina de escritura para mantener la pluma ejercitada y de vez en cuando, atrapa tras su ventana una mirada melancólica. Vegas, huérfano de nietos, los busca aún en la casa vecina. 

-          Me parece tan bello ser abuelo - se detiene en los recuerdos y retoma las ideas – los que tengan, sáquenle el jugo.

No sé cuántos son, ni sus nombres. Me fallaron los nietos. Vegas se envuelve en sus relatos y es fácil entrar en ellos sin invitación. Cuenta anécdotas de la mañana anterior, de su vida como arquitecto y de sus largos viajes en carro.

-          La cola es ideal para conversar porque el escenario cambia, en un cafetín siempre es el mismo. En la cola cambia lentamente.

Una carcajada rebota de nuevo entre las paredes del salón de clases.  La risa y la reflexión parecen haber frenado cualquier caricia, e incluso bofetón, que tengo guardado.  Me falló el Caso Vegas, pensé después. El tiempo se había acabado.

Ahora sí, con la atención dispersa, tengo al fin una pregunta. Me acerco al escritorio que escondió la mitad de su cuerpo todo el tiempo y le extiendo el libro.

-          ¿Me lo puede firmar?

Me fui con su nombre en tinta negra y me senté a esperar al resto. Mezclado entre los periodistas que salían del salón, Vegas, con  andar lento, caminaba exhibiendo un bolígrafo rojo. Se detuvo frente a mí.

-          -¿Sabes de quién es esto?
-         - Ahora es suyo, aparentemente.
-          -No, qué pena. Te lo dejo para que busques de quién es.

Su mirada tocó la mía apenas dos segundos. Me entregó la encomienda y caminó atravesando los ojos curiosos de alumnos que quedaron con preguntas pendientes.  Me falló la seducción.



5 dic 2013

Diálogos caraqueños -1-

[Te mostramos lo que los caraqueños dicen a viva voz cuando creen que no hay nadie registrando en su mente cada detalle de sus frases. Es nutritivo hacer el ejercicio de prestar atención a tu alrededor. A veces te sorprendes. Escuchamos cosas muy tristes, otras brillantes, otras simplemente inocentes. Aquí te mostraremos un poco de todas]

Envía tu colaboración a @PupilaCaraquena

***

El baño del edificio Cincuentenario de la Universidad Católica Andrés Bello es bastante iluminado. Entran y salen estudiantes muy arregladas a retocarse y a hacer charla de cubículo a cubículo. Este par, muy simpaticonas entre ellas, conversaban sobre lo mal que iban en una materia. Una de ellas entró mientras su compañera, haciendo de centinela, la esperaba deleitándose con el espejo. Se escucha el golpe de la puerta y el del seguro.

- ¡Marica, qué fino! ¡La puerta cierra!

La amiga, muy ocupada dándole vueltas a su chicle, no responde. Ella concluyó:

- Ay coño, no hay papel. Pásame ahí.

***

El Centro Comercial Galerías Prados del Este estaba bastante vacío. En el intento de feria -hay solo 3 locales de comida, y todos de comida casera- tenía unos 9 clientes dispersos en mesas separadas. Dos brasileros, en un local de reparación de zapatos -y otras tantas cosas- lanzaban comentarios punzantes sobre la situación del país. Uno de ellos -el cliente- dijo sin piedad:

- A veces pienso que mi papá se equivocó al tomar el avión hasta acá, ojalá se hubiese ido a Australia. Venezuela no es un país.

Su interlocutor se limitó a levantar las cejas y los hombros, hizo una pausa y soltó:

- Bueno, voy a seguir trabajando¡Nos vemos, pues!


***

Por la Avenida Libertador venía un par de compañeros con unos 20 años, sus pasos iban sin querer exactamente al mismo ritmo. En una conversación cuasi intelectual, el de la derecha, que iba negando con la cabeza, y sostenía con sus manos las dos tiras de su bolso, exclamó:

- Todo lo que he leído sobre dictadura, lo he visto acá.

Con la decepción en su mirada, pasaron de largo con un "tac, tac, tac" sincronizado en los pies.


4 dic 2013

Personajes de Caracas: el inmigrante

Caraqueño por rutina

Por: Iván Aranaga

Un italiano que ha permanecido en Caracas por 63 años



Muchos inmigrantes, y sus hijos, han abandonado Venezuela debido a la crisis política de los últimos 14 años. Llegaron a este país buscando oportunidades de trabajo y se encariñaron. Giovanni Castiglione vino para producir  fortuna pero, más que venezolano, se convirtió en un caraqueño. Nunca ha planeado emigrar de nuevo

Un apetitoso olor a pasta recorre el apartamento de Giovanni Castiglione, en Plaza Venezuela. Tiene 93 años, 63 de los cuales ha vivido en Venezuela, luego de que abandonara Italia en 1950.  En Europa fue soldado y combatió durante la Segunda Guerra Mundial. Padece una leve sordera, así que conversar con él es parecido a ver una película con flashbacks, por lo que  su esposa Pierina Asaro, con quien lleva 67 años de matrimonio, su hija Eleonora y su yerno Giovanni Giuliani, lo ayudan a recobrar el hilo original de la charla. Pese a su edad, rescata los detalles de su vida con una precisión casi quirúrgica.

Un elemento rescatable de su personalidad es la constancia, que se logra mediante la disciplina. Adquirió ambas debido a la formación que recibió, pues  se alistó en la milicia a los diez años y luego se desempeñó como carabinero, un cuerpo especial de la policía italiana. A pesar de ello, nunca buscó ganarse la vida con alguno de estos oficios en Venezuela.

Su yerno comenta que “cuando una persona ha sobrevivido una guerra, estando prisionero, teniendo la muerte tan cerca, no quiere saber nada de armas durante el resto de su vida”. Sin embargo, su suegro —o papa, como le llama Giuliani— no recuerda haber tenido pesadillas con aquellos acontecimientos.

El trabajo se aprende en la guerra

Durante el conflicto bélico, Castiglione fue voluntario en Albania, donde lo capturaron y  trasladaron a Alemania, allí estuvo preso dos años en un campo de concentración, de 1941 a 1943. “Los alemanes eran muy crueles, allí aprendí lo que era trabajar, utilicé máquinas que jamás había visto. La disciplina era bárbara, nos bañaban con una manguera que echaba agua helada. Allí estuve junto a italianos, franceses y rusos”, rememora de aquellos años.

Para escapar de aquella situación y del trabajo forzado tuvo que hacerse el enfermo. El problema era que, en esos momentos, sus compatriotas lo vigilaban porque la labor que él dejaba de hacer debían completarla ellos.

Cuando lo liberaron regresó, a pie, a Italia por “montañas mucho más grandes que El Ávila”. Jamás volvió a caminar tanto.

“En 1945 estropeó a esta señorita”, dice Asaro entre risas, refiriéndose al año en que se casaron —no parece haber causado ningún daño, ya que llevan más de medio siglo juntos. En esa época ejercía como carabinero; no obstante, decidió trabajar como obrero por temor al “bandido” Salvatore Giuliano, debido a que “carabinero que veía, carabinero que liquidaba”.

De ayudante de albañil a maestro de obra

En 1950 Castiglione tenía 30 años. Venezuela necesitaba obreros para trabajar e Italia necesitaba trabajo para los obreros. “En mi país trabajaba por cuatro puyas, por lo que vine buscando fortuna”. Al año siguiente emigraron su esposa y la mayor de sus tres hijos.

“En algún momento pensé en volver a Italia —‘¿Cuándo? Nunca te escuché decir eso’, interrumpe Asaro con picardía —, pero eso nunca ocurrió”.

El gobierno de Marcos Pérez Jiménez, a pesar de ser una dictadura, fue de su agrado, porque  consideraba al entonces presidente como un hombre progresista y ordenado.

A los dos días de haber llegado a Venezuela consiguió trabajo en la compañía de construcción La Línea de Luis Maestres, donde laboró hasta 2009. Su primer sueldo fue de 16 bolívares. Empezó como ayudante de albañil y luego ascendió a maestro de obra. Algunos años después, cuando dejaron el negocio de la construcción, se encargó de la administración de la empresa.

 “Ese fue su otro matrimonio”, dice su hija Eleonora. “Papá me decía que de Luis se separaría el día en que muriera uno de los dos”. Así fue: dejó de trabajar a los 89 años, cuando su jefe y amigo falleció.

Un nuevo país: Caracas

Giovanni Castiglione se nacionalizó venezolano en 1955. Desde entonces, jamás se ha abstenido de votar en alguna elección. El presidente que más le ha gustado fue Rómulo Betancourt; salvo ese caso, sus familiares no han logrado que diga a quién le dio  el voto. “Cuando le preguntábamos, siempre contestaba que el voto era secreto”, afirma Eleonora.

Para Castiglione ningún paisano podría repetir lo que él ha hecho. “Hoy los italianos se van de Venezuela. El país al que yo llegué estaba en desarrollo, este proceso se ha detenido”.

Se puede afirmar que Caracas se convirtió en la patria de este italiano porque, desde que emigró, nunca ha puesto un pie fuera de la capital, y no porque le parezca una ciudad fuera de lo común. “Aquí llegué y aquí me quedé, me acostumbré”.

No aspira a andar de nuevo por el mundo. “El único viaje que me queda por hacer es hacia el Cementerio del Este”, bromea . Desde que se retiró, dedica la mayor parte de su tiempo a leer. Le fascinan los libros de historia —hace poco terminó Los Amos del Valle de Francisco Herrera Luque— y los relatos de la mafia siciliana, los escritos de Mario Puzzo son sus favoritos.

“Jamás quise ser el Vito Corleone de Venezuela, para eso se necesita mucho dinero”, ironiza.

En  opinión de Castiglione, Venezuela es un país de grandes posibilidades. “Con la riqueza de petróleo que posee, deberíamos de estar caminando encima de la plata. Aquí hay buenos trabajadores. Pero también hay buenos flojos”.

2 dic 2013

Caracas negra

El bombillo se apagó y prendió brevemente, parecía guiñar un ojo antes de cerrar ambos por completo.  Y con él lo haríamos todos. La oscuridad invadió las casas, las calles, los pasillos peligrosos, las aceras. Los caraqueños sintieron lo que es ser ciego.

El caminar de quienes volvían a su hogar se convirtió en pasitos acelerados tanteando las paredes. De las ventanas se veían pequeños puntos de luz procedentes de celulares y linternas, y quizás algún Ipad recién comprado en rebajas. Las cacerolas no se hicieron esperar y las llamadas iban y venían con las preguntas de rutina: ¿allá también se fue?, ¿ya estás en tu casa?, ¿es en toda Caracas? No, no fue en toda Caracas. Fue en toda Venezuela, la ceguera nos tocó a todos.

A unos más que otros. “¡Escuálidos de mierda! ¡Viva Maduro!” Salía de los edificios de Misión Vivienda, mezclado con el sonido metálico de otros tantos apartamentos.  De fondo los relámpagos se prestaban como escenografía para aquel teatro apocalíptico. Y uno, desde su casa, apenas imagina la claustrofobia de los que viajaban en metro, o el susto de los que iban pasando por una esquina solitaria. Buscaba cargar el Twitter desde el teléfono  (sin éxito) para saber por cuáles zonas ya había regresado, paseaba con una linterna que apenas alumbraba mis pies y  escuchaba atenta las voces que susurraban porque ahora, hasta hablar en voz alta, nos asusta.



Un farol en la calle de al lado se encendió en conjunto con un par de edificios a los lejos. Su pobre luz amarillenta hacía ver el parque como una fotografía en sepia. El ruido de las cacerolas le abrió paso al de la lluvia, el Ávila exhibió orgullosa su cruz,  las quejas llenaron Twitter y la noche –ya no tan oscura- acobijó de nuevo a los caraqueños.

11 jul 2013

El último vengador: un motorizado de esos



El aire acondicionado estaba al menor nivel, el cielo de las 10 de la mañana estaba sin nubes y las calles, con pocos carros. Después de haber alcanzado la altura de La Planta en la autopista Francisco Fajardo camino a la universidad, decido cambiarme de canal -siempre lo hago en este punto-. Pongo mi luz de cruce y espero con calma que pase la usual culebra de motorizados.

Recuerdo que sonaba King of anything de Sara Bareilles y que miré una pareja en moto que venía mucho más atrás, lo suficiente para cambiar tranquilamente de canal. En 3 segundos tenía a los dos hombres a menos de un metro y de repente la cámara lenta de mi día se aceleró de forma incontrolable.

Dudo, giro el volante a la derecha para regresar a mi canal, pero veo por el retrovisor que la moto hace el mismo movimiento. Giro a la izquierda para darles paso.Atrás la pareja decidió una vez más hacer lo mismo. En fracciones de segundos me resigné a sentir el golpe en la maleta de mi carro y aguantar lo que viniera después. Enderezo el volante y aumento la velocidad intentando retrasar el choque mientras cerraba un ojo como quien quiere y no quiere ver una catástrofe.

No escucho nada. Abro el ojo derecho, bajo la velocidad nuevamente, veo el retrovisor y me doy cuenta de que la pareja desapareció. Respiro tranquila, agradezco que no tengo que enfrentar cargos, que no hay hombres tirados en plena autopista y que no voy a tener que llamar a mis papás llorando porque se murió alguien chocando contra mi carro.  La canción seguía sonando alegre, como yo.

Un golpe en mi ventana me sacó de mi felicidad. La pareja de motorizados me seguía para cobrar la "casi tragedia" que, por sus miradas llenas de odio, asumo que provoqué. 

Eran dos hombres morenos, ambos con gorra, suéter, jeans y zapatos Nike. La complicidad entre ellos era evidente, pues 2 metros más adelante, cuando el piloto se detuvo, el acompañante entendió su labor. El hombre se bajó de la moto y esperó a que pasara a su lado. Bajé la velocidad para pedir disculpas y evitar problemas.

- "¡Maldita!" grita el  hombre mientras patea mi carro.
- "¡Disculpa, disculpa!" gritaba mientras decidía alcanzar mi velocidad inicial y huir lo más rápido posible.

Retomo mi camino, ya con manos temblorosas, una canción feliz de fondo y un aproximado de 10 motorizados detrás de mi carro. Pienso bien cada movimiento, no volteo pero mantengo mi mirada en el retrovisor para vigilar lo que ocurriera a mi alrededor. Una turba sobre ruedas me perseguía con insultos, toques de corneta e intentos de golpe que debía esquivar al mismo tiempo que mis lágrimas de susto gritaban por salir. Apagué rápidamente la radio y me concentré en la pareja que aparecía nuevamente entre los demás de su  gremio protector. Pasan a mi lado, hacen el baile de rutina (el copiloto levanta una pierna, golpea el retrovisor y mientras yo voy quedando atrás él voltea la mirada para verme fijamente con ojos amenazantes, haciendo ver quién manda, quién pone las reglas, haciendo entender que aunque sea yo quien tiene una estructura que protege a medias, ellos son los que deciden si esa estructura me va a servir de algo). 

Bajan de nuevo la velocidad. Me esperan, con toda la calma. Miro mis posibilidades de cambiar de canal de nuevo y alejarme de ellos pero, el resto está ahí para impedirlo. La motos me dirigían a los dos hombres como una carnada de león. Paso a su lado ya con mi iris cubierta de una capa de agua a pocos segundos de correr por mis mejillas, asustada pero tiesa, sin moverme, esperando que me obligaran a bajarme y me sometieran frente a los carros que seguían pasando. El copiloto se dio el último gusto: golpeó una vez más el carro, me gritó "puta de mierda" descargando lo que le quedaba dentro y arrancó para dejarme atrás definitivamente, llevándose con él los escoltas espontáneos que tienen los motorizados de Caracas.

Regresa la calma, me pasan lo carros con los vidrios abajo y con sus conductores con cara de susto, lástima, indignación. Me seco las lágrimas y veo el último vengador que se pega al lado derecho de mi "estructura protectora". Lo ignoro y escucho un último golpe. El retrovisor había vuelto a su sitio